Ya no soy invisible
Recuerdo día tras día, cada una de las jornadas de mi vida en las que he sido invisible, escondiéndome y ocultándome del mundo tras una coraza de aparente seguridad.Recuerdo los días que pasaron con una mueca burlona en los que ni siquiera el sol de los buenos momentos iluminaba totalmente la oscuridad de mi invisibilidad.
Recuerdo las justificaciones y la falta de valor para salir de las sombras. No olvidaré, aprenderé de lo pasado y encararé el futuro con coraje.
Ya no soy invisible pero la luz que todo lo ilumina tiene el color de la hipocresía social.
Gris es a veces el cielo que en ocasiones descubrimos sobre nuestros pensamientos. Muchas veces y sin darnos cuenta, nos dejamos llevar por la melancolía, convirtiendo en enormes nubarrones cualquier pequeño cúmulo que divisamos en el horizonte. Es entonces cuando la tormenta del desánimo nos asalta y derrumba, zarandeándonos como si fueramos tristes monigotes de papel o gigantes de cartón piedra.
La distinguí a lo lejos, camino de casa. Su silueta inconfundible, su pelo rubio, sus ojos azules... me hicieron recordar como en tiempo fue la venus de los sueños de mis compañeros de clase de instituto.
¿Cuántas veces hemos visto la noche como algo mágico a lo largo de nuestras vidas? A todos nos atrae ese componente misterioso que nos hace pensar que todo es posible en la oscuridad, perturbada exclusivamente por la luz de la luna y las luces que iluminan el camino de regreso a casa de los noctámbulos rozando el amanecer.